PARIRAS CON PLACER – Casilda Rodrigañez Bustos

Lo decimos en serio e invocando repetidas experiencias y no en nombre de teorías, de filosofías, de creencias, el trabajo de parto puede ser una sucesión
de contracciones verdaderamente ‘adecuadas’,

buenas, generadoras de placer*,
igual que los calambres generan intolerables sufrimientos.

En vez de contraerse ‘en bloque y brutalmente’,
el útero lo hace lenta, progresivamente y casi con dulzura cuando la contracción llega a su punto límite
observamos cómo, después de una pausa que, aun siendo breve, no deja de ser muy nítida, el útero se relaja,
y lo hace con la misma lentitud extrema, la misma progresividad. con una nueva pausa en total reposo.

Esta lentitud, que sólo tiene parangón en los movimientos voluntariamente lentos del tai-chi-chuan, determina
que las contracciones, vistas en conjunto, se asemejen
a la respiración lenta, profunda y completamente sosegada de un niño cuando duerme y disfruta de un reposo sin par. _____

*subrayado mío, los demás subrayados son de Leboyer.

(…)
Los primeros planos que muestran el vientre de la mujer (16) no dejan lugar a dudas en cuanto a la realidad de estas contracciones.
A su vez, los primeros planos de su cara
mientras sigue avanzando en ‘su trabajo’
expresan con elocuencia que,
esa joven mujer, en lugar de ‘retorcerse de dolor’
avanza lentamente hacia el ‘éxtasis’.

Y las patológicas:

¿Qué hace sufrir a la mujer que da a luz?… La mujer sufre debido a las contracciones…

Unas contracciones que no acaban nunca
y que hacen un daño atroz
¡pero eso son calambres!
Todo lo contrario de las ’contracciones adecuadas’

¿Qué es un calambre?
Una contracción que no cesa,
que se crispa y se niega a soltar su presa
y, por tanto, no ‘afloja su garra’,
para transformarse en su contrario:
la relajación en la que normalmente desemboca.

En otras palabras,
lo que hasta ahora se había tomado
por ‘contracciones adecuadas’
eran contracciones altamente patológicas y de la peor calidad,

¡Qué sorpresa!
¡Qué revelación!
¡Qué revolución en ciernes!

Todo esto nos permite entender, por fin, los testimonios antro- pológicos acerca de pueblos enteros que desconocían el dolor en el parto (además de los citados de Montaigne y Bartolomé de las Casas y de la propia investigación de Read, también los de los bos- quimanos del siglo pasado (17)). Y tambien entender la maldición divina del parirás con dolor, que implícitamente no sólo dice que antes no se paría con dolor, sino también que sabían cómo hacerlo.

Tenía razón Read: el miedo no permite la relajación de los haces circulares del útero; porque el miedo es incompatible con cualquier acto sexual; toda la sexualidad por definición es la extrema relaja- ción, la activación total del tono vagal, la confianza en el entorno, el switch off del simpático y de la intervención del neocortex, etc.,images-3

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